Aporofobia, actitud social de los colombianos hacia los venezolanos

Aporofobia: expresión que hoy nos sirve para ponerle nombre a esa actitud social que coge fuerza entre los colombianos: la fobia a la llegada de venezolanos pobres y llevados. Foto: AFP

Malditos venezolanos. Malditos venecos que están llegando a chorros por todos los lados. Malditos vecinos que, por huir de Maduro, están llegando a complicarnos la vida al resto de colombianos. Malditos vecinos que vienen a quitarnos los trabajos, a competir por los empleos, a pelear por los subsidios, y hasta a intentar quedarse con las casas regaladas que nos da el Gobierno.

Yo se lo escuché a importantes señores, que hablan en importantes medios. Se lo escuché al alcalde de Bucaramanga, Rodolfo Hernández, quien dijo que nos están llegando los limosneros, las prostitutas y los desocupados venezolanos. También se lo escuché al señor Germán Vargas Lleras, quien dijo que los venecos se quieren colar en los programas de casas gratis que entrega el Gobierno.

Se lo escuché, incluso, a la señora Canciller: dijo que ya van más de 500 empresas colombianas que han sido sancionadas por contratar venezolanos que han ido llegando al margen de la ley. Venezolanos que están llegando sin papeles, venezolanos que están trabajando por unos sueldos muy bajos, venezolanos que así de jodidos están siendo empleados por los empresarios colombianos.

Si así lo dicen esos señores tan importantes, es porque así debe ser: esos venecos nos están quitando los subsidios y, también, los trabajos. Y si, además de todo, le sumamos que están llegando vaciados –sin plata y sin dinero en sus bolsillos–, entonces las cosas son mucho peor de lo pensado.

Porque esos venecos ya no vienen a gastar plata, no señor. Ya no vienen a gastar sus petrodólares en Cartagena, ni en el Cabo de la Vela ni en las calles de Mompox. Tampoco vienen a comprar apartamentos ostentosos, ni a montar empresas petroleras ni a invertir miles de millones de pesos en publicidad para engrasar a los medios de comunicación. Ya no vienen a crear rimbombantes torneos de golf, ni a casarse con reinas colombianas ni a hacer fiestas estrafalarias con las modelos de nuestra televisión.

Estos venezolanos que llegan hoy no son dueños de ningún emporio económico. No son Serafino Iacono y Ronald Pantin, los dueños de Pacific Rubiales, la petrolera venezolana que sedujo a la aristocracia colombiana con sus excéntricos lujos y eructos de plata. Una aristocracia que les abrió las puertas y las piernas a los nuevos ricos que, durante décadas, llegaban de Venezuela.

Pero, como los que llegan hoy son pobres y vaciados, entonces a esos sí los rechazamos. Porque están jodidos, porque están huyendo del hambre, de la dictadura, de las matanzas, de la falta de salud, de la miseria y del desamparo. Porque no tienen nada material que darnos a cambio. Porque en este mundo del CVY (cómo voy yo) no pueden darnos ningún retorno. Por eso los rechazamos. Por eso, la tendencia a excluirlos y a descalificarlos por todos lados.

Putos colombianos interesados. Ni siquiera es xenofobia lo que sentimos hacia los venezolanos. Es ‘aporofobia’: desprecio y rechazo hacia el pobre y necesitado. Un simple vocablo que se deriva del griego ‘á-poros’ (pobre) y ‘fóbeo’ (espanto), y que fue creado por la filósofa española Adela Cortina para referirse a esa hostilidad ante los desamparados.

Una expresión que hoy nos sirve para ponerle nombre a esa actitud social que coge fuerza entre los colombianos: la fobia a la llegada de venezolanos pobres y llevados.


Artículo original de @PaolaOchoaAmaya, El Tiempo